miércoles, 11 de agosto de 2010

Re-mal Género

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La droga Género

Género

Hasta que punto somos todxs unxs drogadxs...

La creencia es un arma. Lxs heterosexuales construyen una cárcel amatoria. Hemos visto como todo puede llegar a ser droga y como lxs capitalistas nos proveen de diversas drogas. Es momento de considerar más profundamente los afectos para analizar el régimen farmacopornográfico en el que “vivimos”.


El éxito de la tecnociencia contemporánea es transformar nuestra depresión en Prozac, nuestra masculinidad en testosterona, nuestra erección en Viagra, nuestra fertilidad/esterilidad en píldora anticonceptiva, nuestro sida en triterapia. Sin que sea posible saber qué viene antes, si la depresión o el Prozac, si el Viagra o la erección, si la testosterona o la masculinidad, si la píldora o la maternidad, si la triterapia o el sida. Esta producción en auto-feedback es la propia del poder farmacopornográfico en el cual vivimos hoy en día.

Un poco de historia

Durante el siglo XX, periodo en el que se lleva a cabo la materialización farmacopornográfica, la psicología, la sexología, la endocrinología han establecido su autoridad material transformando los conceptos de psiquismo, de libido, de conciencia, de feminidad y masculinidad, de heterosexualidad y homosexualidad en realidades tangibles, en sustancias químicas, en moléculas comercializables, en cuerpos, en biotipos humanos, en bienes de intercambio gestionables por las multinacionales farmacéuticas. Si la ciencia ha alcanzado el lugar hegemónico que ocupa como discurso y como práctica es precisamente gracias a su capacidad para inventar y producir artefactos vivos: es decir nuestros cuerpos y nuestras prácticas tal como los conocemos. Por eso la ciencia es la nueva religión/droga contemporánea porque tiene la capacidad de crear, y no simplemente de describir, la realidad. La testosterona corresponde, junto con la oxitocina (parto inducido), la serotonina (tratamientos por supuestas depresiones), la codeína (analgésico), la cortisona (anti-inflamatorio), el estrógeno (píldoras anticonceptivas), etc. al conjunto de moléculas disponibles hoy para fabricar la subjetividad y sus afectos.

El objetivo de estas tecnologías farmacopornográficas es la producción de un cuerpo suficientemente dócil como para poner su capacidad total y abstracta de crear placer al servicio de la producción de capital.

Los comienzos de algunas de las drogas más comunes hoy día

En 1946 se inventa la primera píldora antibaby a base de estrógenos sintéticos -el estrógeno se convertirá pronto en la molécula farmacéutica más utilizada de toda la historia de la humanidad-. En 1947, los laboratorios Eli Lilly (Indiana, Estados Unidos) comercializan la molécula de metadona (el más simple de los opiáceos) como analgésicos, convirtiéndose en los años setenta en el tratamiento básico de sustitución en la adicción a la heroína; ese mismo año, el pseudo-psiquiatra norteamericano John Money inventa el término "género", diferenciándolo del tradicional "sexo", para nombrar la pertenencia de un individuo a un grupo culturalmente reconocido como "masculino" o "femenino" y afirma que es posible "modificar el género de cualquier bebé hasta los dieciocho meses".


Género

El género (feminidad /masculinidad) es una ecología política La certeza de ser varón o mujer es una ficción somático-política producida por un conjunto de tecnologías de domesticación del cuerpo, y técnicas farmacológicas y audiovisuales que fijan y delimitan nuestras potencialidades funcionando como filtros que producen distorsiones permanentes de la realidad que nos rodea. El género funciona como un programa operativo a través del cual se producen percepciones sensoriales que toman la forma de afectos, deseos, acciones, creencias, e identidades. Uno de los resultados característicos de esta tecnología de género es la producción de un saber interior sobre si mismo, de un sentido del Yo sexual que aparece como una realidad emocional evidente a la conciencia. “soy varón”, “soy mujer”, “soy heterosexual”, “soy homosexual”, son algunas de las formulaciones que condensan saberes específicos sobre uno mismo, actuando como los núcleos duros de la construcción político-simbólica sobre los cuerpos en torno a los cuales se aglutina todo un conjunto de prácticas y discursos.

La programación de género es una tecnología psico-política de modelización de la subjetividad que permite producir sujetos que se piensan y actúan como cuerpos individuales, que se autocomprenden como espacios y propiedades privadas con una identidad de género y una sexualidad fija. La programación de género dominante parte de la siguiente premisa: un individuo = un cuerpo = un sexo = un género = una sexualidad.

No hay género masculino y femenino sino más que frente a un público, es decir como una construcción somato-discursiva de carácter colectivo, frente a la comunidad científica o la red.

Anticonceptivos

Vivimos bajo el control de tecnologías moleculares, de camisas de fuerza hormonales destinadas a mantener las estructuras de poder de género: las chicas blancas de clase media hiperestrogenadas llorando por los chicos que se las cogen y las dejan tiradas; las chicas no blancas y pobres amenazadas sistemáticamente de violencia o violación; los chicos blancos controlando sus asquerosas pulsiones sexuales, los chicos no blancos perseguidos por el poder estatal que criminaliza y castiga sus violentas y asquerosas pulsiones sexuales. Y el Estado sacando placer de la producción y del control de nuestra repugnante subjetividad.

Ginecólogos y ginecólogas proponen a las bio-mujeres -indiferentes a la afirmación de otro tipo de sexualidad (ya sea anal, con dildos, o lésbica)- la pastilla anticonceptiva como método, elogiando sus virtudes, para “regular el ciclo menstrual”, “mejorar la piel”, o “aliviar los dolores menstruales” sin mencionar sus efectos secundarios, -excepto su interacción cancerígena en el caso de consumo de tabaco, donde el responsable parece más bien el tabaco que la píldora-. La cuestión es administrar la dosis farmacopornográfica necesaria de estrógenos y progesterona para transformarnos en hembras sumisas, de grandes senos, humor estable y depresivo, sexualidad pasiva o frigidez. Las nuevas píldoras son asimismo instrumentos de belleza y feminización. Se trata de un violento método de refeminización técnica de las bio-mujeres camuflado bajo la forma de control de la natalidad y por tanto inocentemente bienvenido como táctica de liberación sexual.

Sexo

Nuestras sociedades contemporáneas son enormes laboratorios sexo-políticos en los que se producen los géneros. El cuerpo, los cuerpos de todxs y cada unx de nosotrxs son los preciosos enclaves en los que se libran complejas transacciones de poder. Eso que llamamos sexo pero también el género (masculinidad y feminidad) y la sexualidad son técnicas del cuerpo, extensiones biotecnológicas pertenecientes al sistema sexo-político cuyo objetivo es la producción y reproducción y expansión colonial de la vida heterosexual humana sobre el planeta.

Contrariamente a lo que suele creerse, la heterosexualidad se trataría de un concepto económico que designa una posición específica en el seno de las relaciones de producción y de intercambio basadas en la reducción del trabajo sexual, de gestación y crianza y de cuidados de los cuerpos a trabajo no remunerados. Lo propio de este sistema económico-sexual es funcionar a través de procesos semiótico-técnicos, lingüísticos y corporales, de repetición regulada impuestos por convenciones culturales. El capitalismo resulta inimaginable sin la institucionalización del dispositivo heterosexual.

Familia y Pareja

El término familia, célula base de la sociedad, deriva del latín famulus “conjunto de esclavos y esclavas” (Diccionario Etimológico de Corominas). Familia deviene así no sólo el conjunto de esclavos sino también la mirada moral omnisciente y omnipresente que lo reduce todo al binomio víctima y victimario donde quienes no pueden reconocer las formas de abuso padecidas tal como las tipifica el Código Penal serían ad aeternitatem (sobrevivientes) sospechosas de culpabilidad. Familia viene a querer decir vigilancia permanente sobre los cuerpos por alguien que ejerce sobre ellxs un poder - y que, porque ejerce ese poder, tiene la posibilidad no solo de vigilar sino también de constituir un saber sobre aquellxs a quienes vigila: nadie sabe más de vos que mamá y papá -. El abuso del vínculo apasionado que se entabla en el entramado familiar con las crías humanas, inmanente a tal forma de estructurar el parentesco, es casi imperceptible incluso hasta para quien la padece, solo perceptible en el daño, y los efectos (las marcas) con las que se cargan dentro de ese ideal regulador que no sólo determina qué formas de amor son posibles y cuales otras no, sino que además determina qué formas de odio no son posibles y aceptables socialmente: el tabú de ya no amar más a la propia familia o de sanamente- abandonarla.

Se dice que regresa la familia, que vuelve la pareja. Pero la familia que regresa no es la que se fue. Su regreso no es más que una profundización de la separación reinante, que sirve para engañar, volviéndose ella misma el engaño. Cada uno puede testimoniar las dosis de tristeza que condensan cada año las fiestas familiares, sus trabajosas sonrisas, los apuros de ver disimular en vano a todo el mundo, ese sentimiento de que hay un cadáver ahí, sobre la mesa, y que todo el mundo hace como si no pasara nada. La familia no es tanto la asfixia de la influencia maternal o el patriarcado de las trompadas sino este abandono infantil a una cómoda dependencia, en la que todo es conocido, este momento de indiferencia frente a un mundo en el que nadie puede negar que se derrumba, un mundo en el que “volverse autónomo” es un eufemismo que significa “haber encontrado un patrón”. Se quisiera encontrar en la familiaridad biológica la excusa para corroer dentro de nosotrxs cualquier determinación ligeramente rompedora, para hacernos renunciar, con el pretexto de que se nos ha visto crecer, un volverse viejo como por causa de la gravedad que ya hay en la infancia. De esta corrosión, es necesario preservarse. La pareja es como el último escalón de la gran catástrofe social. Es el oasis en medio del desierto humano. Se viene a buscar en ella bajo los auspicios de lo “íntimo” todo lo que ha desertado tan evidentemente de las relaciones sociales contemporáneas: el calor, la sencillez, la verdad, una vida sin teatro ni espectador. Pero pasado el atolondramiento amoroso, la “intimidad” termina en su deserción: ella misma es un invento social, habla el lenguaje de la prensa femenina y de la psicología, es como el resto blindado de estrategias hasta el hastío. En esto no hay más verdad que en cualquier otra cosa, aquí también dominan la mentira y las leyes de extranjería.

Diagnóstico

La mutación de los procesos de gobierno social a partir del siglo XVIII hizo que el cuerpo estén el centro de gestión de lo político. Una ficción histórica transitoria en relación a las formas de producción económica de gobierno de lo social que inventa un alma sexualizada, una subjetividad que tiene la capacidad de decir Yo e internacionalizar un conjunto de procesos de normalización que lo llevan a decir “soy homosexual” o “soy heterosexual”. La sexualidad no es solo un conjunto de regulaciones políticas sino que en el proceso de industrialización que sigue a la revolución francesa, la reproducción sexual se entiende como una de las maquinarias de lo social. Es necesario entonces que el cuerpo social esté organizado reproductivamente, es decir la familia heterosexual. Esa es la fantasmagoría política en la que hemos estado viviendo. A mediados del siglo XX, ha habido un quiebre, y toda sexualidad no reproductiva es objeto de control, vigilancia y normalización. El sexo es importante porque se convierte en uno de los enclaves estratégicos en las artes de gobernar. Pero eso que llamamos sexo no es nada estable sino un conjunto de constantes mutaciones históricas. Ahora mismo las minorías sociales y políticas están participando e interviniendo en los procesos de definición de las gramáticas de género, exaltación política absolutamente nueva y fascinante de la que es menester formar parte.

La dimensión ética no esta diferenciada de la política. Las técnicas del yo son las mismas que las técnicas del agenciamiento colectivo. La lucha es colectiva y la redefinición del sexo y la sexualidad pasar por acuerdos colectivos. Hay otro lugar que se esté configurando desde las luchas que reclama un cuerpo que de alguna manera va más allá de los imperativos normativos de las leyes nacionales. Ese cuerpo se percibe como migrante, trasfugo y no tiene ya lo que hemos llamado hasta ahora identidad en el sentido más administrativo, es decir se trata de un cuerpo des-intificado. No hay sujeto de la revolución. Pero la revolución y la guerra son constantes. No es un momento mesiánico que nos espere más allá para lo que hay que prepararse. La situación en la que estamos y construimos el género y la normalidad son la guerra total en el interior del cuerpo y frente a eso, la revolución es constante. Frente a esa situación postpolítica es absurdamente necesario pensar dónde está revolución, cómo se produce, cuáles son las formas a través de las que actúa. La guerra no será después y la revolución no sera mañana sino que la guerra es hoy y la revolución es ahora. Por lo tanto, los movimientos de minorías sexuales no pueden estar solo en diálogo y en lucha con el Estado que no tiene la centralidad que tenía otrora. Es absurdo hoy tener como objetivo conseguir el matrimonio GLTB, frente a las complejidades de las configuraciones postcoloniales, de sexo, y raza. Es preciso atacar esa ficción del matrimonio desde otro lugar que no sea la legalidad. No hay una verdad sexual escondida debajo de una gran capa de represiones sociales. No se puede confiar en el deseo, como anterior a un conjunto de normas o acuerdos sociales, sino que el deseo se crea en esa red de relaciones, del mismo modo que no hay una identidad que precede las subjetivaciones normativas. Desaprender tus propios deseos, aquello que culturalmente aprendemos a desear, es una especie de tarea muy larga pero fundamental.

En realidad, la descomposición de todas las formas sociales es una oportunidad. Es la condición ideal para una experimentación masiva, salvaje, de nuevos arreglos, de novedosas fidelidades. En la muerte de la pareja, vemos nacer inquietantes formas de afectividad colectiva, ahora que el sexo es usado hasta la saciedad, que la virilidad y la feminidad son unos viejos vestidos apolillados, que tres decenios de continuas innovaciones pornográficas han agotado los atractivos de la transgresión y la liberación. Lo que hay de incondicional en los lazos de parentesco, contamos con hacerlo la armadura de una solidaridad política tan impenetrable a la injerencia estatal como un campamento de gitanos. “Autonomía”, podría querer decir, también aprender a pegarse en la calle, a ocupar casas vacías, a no trabajar, a afectarse locamente con otrxs cuerpos y a robar en los almacenes.

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NED LUDD, FANTASMA

Todo comenzó un 12 de abril de 1811. Durante la noche, trescientos cincuenta hombres, mujeres y niños arremetieron contra una fábrica de hilados de Nottinghamshire, destruyendo los grandes telares a golpes de maza y prendiendo fuego a las instalaciones. Lo que allí ocurrió pronto sería folklore popular. La fábrica pertenecía a William Cartwright, fabricante de hilados de mala calidad pero pertrechado de nueva maquinaria. La fábrica, en sí misma, era por aquellos años un hongo nuevo el paisaje: lo habitual era el trabajo cumplido en pequeños talleres. Otros setenta telares fueron destrozados esa misma noche en otros pueblos de las cercanías. El incendio y el haz de mazas se desplazó luego hacia los condados vecinos de Derby, Lancashire y York, corazón de la Inglaterra de principios del siglo XIX y centro de gravedad de la Revolución Industrial. El reguero que había partido del pueblo de Arnold se expandió sin control por el centro de Inglaterra durante dos años, perseguido por un ejército de diez mil soldados al mando del general Thomas Maitland. ¿Diez mil soldados? Wellington mandaba sobre bastantes menos cuando inició sus movimientos contra Napoleón desde Portugal. ¿Más que contra Francia? Tiene sentido: Francia estaba en el aire de las inmediaciones y de las intimidaciones; pero no era la Francia napoleónica el fantasma que recorría la corte inglesa, sino la asamblearia. Sólo un cuarto de siglo había corrido desde el Año I de la Revolución. Diez mil soldados. El número es índice de lo muy difícil que fue acabar con los luditas.
Quizá porque los miembros del movimiento se confundían con la comunidad. En un doble sentido: contaban con el apoyo de la población, eran la población. Maitland y sus soldados buscaron desesperadamente a Ned Ludd, su líder. Pero no lo encontraron. Jamás podrían haberlo encontrado, porque Ned Ludd nunca existió: fue un nombre propio pergeñado por los pobladores para despistar a Maitland. Otros líderes que firmaron cartas burlonas, amenazantes o peticiones se apellidaban “Mr. Pistol”,
“Lady Ludd”, “Peter Plush” (felpa), “General Justice”, “No King”, “King Ludd” y “Joe Firebrand” (el incendiario). Algún remitente aclaraba que el sello de correos había sido estampado en los cercanos “Bosques de Sherwood”. Una mitología incipiente se superponía a otra más antigua. Los hombres de Maitland se vieron obligados a recurrir a espías, agentes provocadores e infiltra dos, que hasta entonces constituían un recurso poco esencial de la logística utilizada en casos de guerra exterior.
He aquí una reorganización temprana de la fuerza policial, a la cual ahora llamamos “inteligencia”. Si a los acontecimientos que lograron tener en vilo al reino y al Parlamento se los devoró el incinerador de la historia, es justamente porque el objetivo de los luditas no era político sino social y moral: no querían el poder sino poder desviar la dinámica de la industrialización acelerada. Una ambición imposible. Apenas quedaron testimonios: algunas canciones, actas de juicios, informes de autoridades militares o de espías, noticias periodísticas, cien mil libras de pérdidas, una sesión del Parlamento dedicada a ellos, poco más. Y los hechos: dos años de lucha social violenta, mil cien máquinas destruidas, un ejército enviado a “pacificar” las regiones sublevadas, cinco o seis fábricas quemadas, quince luditas muertos, trece confinados en Australia, otros catorce ahorcados ante las murallas del castillo de York, y algunos coletazos finales. ¿Por qué sabemos tan poco sobre las intenciones luditas y sobre su organización? La propia fantasmagoría de Ned Ludd lo explica: aquella fue una sublevación sin líderes, sin organización centralizada, sin libros capitales y con un objetivo quimérico: discutir de igual a igual con los nuevos industriales. Pero ninguna sublevación “espontánea”, ninguna huelga “salvaje”, ningún “estallido” de violencia popular salta de un repollo. Lleva años de incubación, generaciones transmitiéndose una herencia de maltrato, poblaciones enteras macerando saberes de resistencia: a veces, siglos enteros se vierten en un solo día.
La espoleta, generalmente, la saca el adversario. Hacia 1810, el alza de precios, la pérdida de mercados a causa de la guerra y un complot de los nuevos industriales y de los distribuidores de productos textiles de Londres para que éstos no compren mercadería a los talleres de las pequeñas aldeas textiles encendió la mecha. Por otra parte, las reuniones políticas y la libertad de letra impresa habían sido prohibidas con la excusa de la guerra contra Napoleón, y la ley prohibía emigrar a los tejedores, aunque se estuvieran muriendo de hambre: Inglaterra no debía entregar su expertise al mundo.
Los luditas inventaron una logística de urgencia. Ella abarcaba un sistema de delegados y de correos humanos que recorrían los cuatro condados, juramentos secretos de lealtad, técnicas de camuflaje, centinelas, organizadores de robo de armas en el campamento enemigo, pintadas en las paredes. Y además descollaron en el viejo arte de componer canciones de guerra, a las cuales llamaban himnos. En uno de los pocos que han sido recopilados puede aún escucharse: “Ella tiene un brazo / Y aunque sólo tiene uno /
Hay magia en ese brazo único / Que crucifica a millones / Destruyamos al Rey Vapor, el Salvaje Moloch”, y en otra: “Noche tras noche, cuando todo está quieto / Y la luna ya ha cruzado la colina / Marchamos a hacer nuestra voluntad / ¡Con hacha, pica y fusil!”. Las mazas que utilizaban los luditas provenían de la fábrica Enoch. Por eso cantaban “La Gran Enoch irá al frente / Deténgala quien se atreva, deténgala quien pueda / Adelante los hombres gallardos / ¡Con hacha, pica y fusil!”. La imagen de la maza trascenderá la breve epopeya ludita. En la iconología anarquista de principios de siglo, Hércules sindicalizados suelen estar a punto de aplastar con una gran maza, no ya máquinas, sino al sistema fabril entero. Todos estos blues de la técnica no deben hacer perder de vista que las autoridades no sólo querían aplastar la sublevación popular, también buscaban impedir la organización de sectas obreras, en una época en la cual solamente los industriales estaban unidos. Carbonarios, conjurados, la Mano Negra de Cádiz, sindicalistas revolucionarios: en el siglo pasado la horca fue la horma para muchas intentonas sediciosas.